El golpe que lo empezó todo
Nada más pitar el árbitro esloveno Slavko Vincic el final del partido, mientras los suplentes españoles saltaban al campo para celebrar, Nahuel Molina se cruzó con Rodri y le lanzó un golpe en el pecho. El centrocampista español, capitán de la Roja, ni siquiera respondió: se dio la vuelta y abandonó la escena. La provocación, sin embargo, ya había prendido la mecha.
Paredes, fuera de sí
Cuando Eric García intentó mediar, Leandro Paredes se lanzó contra él y lo sujetó por el cuello. Gavi, que ni siquiera estaba en el campo de juego, corrió a defender a su compañero y terminó también agredido, derribado con la ayuda de Thiago Almada.
Scaloni tuvo que intervenir físicamente para separar a los suyos. Paredes, ya amonestado tras entrar como suplente, vio la segunda amarilla y la roja directa por la agresión, aunque el partido ya había terminado.

Las espaldas que dieron la vuelta al mundo
Minutos después llegó la imagen que más se ha repetido: durante la entrega de medallas, buena parte de la plantilla argentina permaneció de espaldas al escenario mientras España levantaba la Copa.
Medios españoles no tardaron en calificarlo de falta de respeto; desde Argentina circuló la explicación de que los jugadores se giraron para agradecer a su afición tras recibir la medalla de subcampeones, no como un desplante deliberado. Se explique como se explique, la imagen ya ha dado la vuelta al mundo.

El contraste que lo dice todo
Lo más triste es que el propio vestuario campeón tuvo más clase con Messi que sus compañeros de toda la vida. Rodri, con el Balón de Oro todavía en las manos, reconoció después haber visto llorar a Messi al acabar el partido, y no escondió su admiración por todo lo que el argentino ha significado para este deporte. Ese gesto, pequeño y sincero, pesa más que cualquier golpe.
Lo que Messi se merecía
Messi termina su carrera en la selección como segundo máximo goleador histórico de los Mundiales, con 21 goles en seis ediciones, tras asistir dos veces en la remontada de semifinales que metió a Argentina en esta final.
Se merecía perder, si tenía que perder, en paz — no que la última imagen de su selección fuera una pelea y un grupo de compañeros dándole la razón a quienes ya hablaban de falta de deportividad.
Como culés, en Tinta Blaugrana lo tenemos claro: a Leo se le puede discutir todo menos el cariño. Sus compañeros, esta vez, no estuvieron a la altura del final que él sí se había ganado.
